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21 febrero 2024

La Atlántida: sus habitantes, localización del continente y destrucción. (Parte 1 de 2).

 

 
Mapa de Athanasius Kircher, que muestra un supuesto enclave de la Atlántida. (Mundus Subterraneus, 1669). Mapa orientado con el sur arriba. Wikipedia.

1. Introducción.
2. Localización de la Atlántida.
3. Habitantes de la Atlántida
3.1 De la Cuarta Raza a la Quinta (de los atlantes a los arios primitivos).
4. Pérdida de espiritualidad; nacimiento de la hechicería.
5. Destrucción del continente. “El Diluvio”.
6. Restos actuales de la Atlántida. Islas, picos y construcciones.

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1.     Introducción.

“Cada vez que se encuentran restos de alguna civilización sumergida en el Atlántico (o en otras zonas), se publican una serie de libros y artículos de revistas que suelen identificarlos con el continente "perdido" de la Atlántida. La Atlántida, cuya imagen ha intrigado a la Humanidad desde épocas remotas, fue descrita con muchos detalles por Platón en sus diálogos Timeo y Critias como la tierra de la Edad de Oro del hombre, un grande y maravilloso imperio mundial que `se hundió bajo el mar... en medio de violentos terremotos e inundaciones... en un sólo día y una sola noche de lluvia... y que ésa es la razón por la cual el mar es impenetrable en esos lugares...´.

Como es natural, se han identificado las ruinas submarinas de las Bahamas con la Atlántida, aunque Platón, el más famoso comentarista de este continente perdido, parece haberlo situado en frente de las Columnas de Heracles (Hércules), hoy conocidas como Estrecho de Gibraltar, en algún lugar del Atlántico. Una lectura detenida del relato de Platón revela sin embargo una información en extremo interesante, que sugiere que el Imperio Atlántico no era una isla, sino una serie de grandes islas a lo largo del Atlántico, cuyo poder se había extendido a ambos lados del océano. Platón escribió:

... En aquellos días (aproximadamente hace 11.500 años), el Atlántico era navegable y había una isla situada frente a los estrechos llamados Columnas de Heracles: la isla era mayor que Libia y Asia juntas y era la ruta hacia otras islas, y desde ellas podía uno pasar a través de todo el continente situado en dirección opuesta y que rodea el verdadero océano; porque este mar que se halla dentro de los estrechos de Heracles (el Mediterráneo) es sólo un puerto, con una entrada estrecha, pero el otro es el verdadero mar y la tierra que lo rodea podría en verdad ser llamada un continente.

Debe señalarse que Platón mencionó a Libia (es decir, África) y Asia, pero específica y separadamente habla del continente; es decir, el continente hacia el oeste que, según había dicho antes, hallaba dentro de la égida de la Atlántida”.

The Bermuda Triangle, por Charles Berlitz. Mundo Actual de Ediciones, Nueva York, 1974. Traducido al castellano por José Cayuela.

 

“La historia acerca de la Atlántida y todas las tradiciones sobre el asunto fueron contadas, como todos saben, por Platón en su Timœus y Critias. Platón, cuando era niño, lo supo de su abuelo Critias, de edad de noventa años, quien lo había oído en su juventud a Solón, amigo de su padre, Dropide; – Solón, uno de los Siete Sabios de Grecia. Creemos que no podría encontrarse origen de más confianza”. HPB

 

En la obra La Doctrina Secreta de H. P. Blavatsky, especialmente el volumen II, encontramos una valiosa fuente de información sobre la Atlántida, entre otros muchos temas. De la citada obra se ha extraído el material para esta compilación, que a continuación se expone:

 

2.     Localización de la Atlántida.

Los creyentes en Platón describen generalmente la Atlántida como una prolongación del África. Sospéchese también que existió un viejo continente en la costa oriental. Pero el África, como continente, nunca formó parte de la Lemuria ni de la Atlántida, como hemos convenido en llamar al Tercero y Cuarto continentes. Sus nombres arcaicos jamás han sido mencionados en los Purânas ni en ninguna otra parte. Pero sólo con que se posea una de las claves Esotéricas, es tarea fácil identificar esas tierras desaparecidas con el sinnúmero de “Tierras de los Dioses”, Devas y Munis, descritas en los Purânas, en sus Varshas, Dwipas y zonas. Su Shvetadvîpa, durante los primeros días de la Lemuria, se erigía como un pico–gigante surgiendo del fondo del mar; y el área entre el Atlas y Madagascar estuvo ocupada por las aguas hasta el primer período de la Atlántida, después de la desaparición de la Lemuria, cuando el África surgió del fondo del Océano y el Atlas se sumergió a medias.

(…)

Según se ha indicado en la Introducción, es claro que ni el nombre de Lemuria, ni aun el de Atlántida, son los verdaderos nombres arcaicos de los perdidos Continentes. Sólo los hemos adoptado en gracia de la claridad. Atlántida fue el nombre que se dio a aquellas partes del Continente sumergido de la Cuarta Raza, que estaban “más allá de las Columnas de Hércules”, y que se mantuvieron sobre las aguas después del Cataclismo general. El último resto de ellas, la Atlántida de Platón, o “Poseidonis”, el cual es otro substituto, o más bien una traducción del nombre verdadero, fue el último resto del Continente que quedaba sobre el agua, hace unos 11.000 años. La mayor parte de los verdaderos nombres de los países e islas de ambos Continentes se encuentran en los Purânas; pero el mencionarlos especialmente, según se hallan en otras obras más antiguas, tales como el Suryâ Siddhanta, necesitaría explicaciones demasiado extensas. Si en escritos anteriores parecen los dos demasiado poco diferenciados, esto es debido a una lectura poco atenta y a falta de reflexión.

(…)

Por tanto, aun cuando puede decirse, sin apartarse de la verdad, que la Atlántida está incluida en los siete grandes Continentes Insulares, puesto que la Cuarta Raza Atlante llegó a poseer algunos de los restos de la Lemuria, y estableciéndose en las islas, las incluyeron entre sus tierras y continentes; sin embargo, debe hacerse una diferencia y darse una explicación, toda vez que en la presente obra se intenta un relato más exacto y completo. Algunos Atlantes tomaron también posesión, de esta manera, de la Isla de Pascua; y ellos, habiendo escapado al Cataclismo de su propio país, se establecieron en este resto de la Lemuria, pero sólo para perecer en él al ser destruido, en un día, por fuegos y lavas volcánicos.

(…)

La parte Atlántica de la Lemuria fue la base geológica de lo que se conoce generalmente por Atlántida, pero que debe más bien considerarse como un desarrollo de la prolongación Atlántica de la Lemuria, que como una masa de tierra completamente nueva, levantada para atender a las exigencias especiales de la Cuarta Raza–Raíz. Lo mismo que sucede en la evolución de una Raza, ocurre en los cambios sucesivos y arreglos de las masas continentales, sin que se pueda trazar una línea bien determinada en donde un orden termina y otro principia. La continuidad en los procesos naturales no se interrumpe nunca. Así, la Raza Cuarta Atlante se desarrolló de un núcleo de hombres de la Raza Tercera de la Lemuria Septentrional, concentrado, por decirlo así, hacia un punto de lo que ahora es el Océano Atlántico medio. Su continente se formó por la unión de muchas islas y penínsulas que se levantaron en el transcurso ordinario del tiempo, y últimamente se convirtió en la verdadera morada de la gran Raza conocida por Atlante. Después que se consumó esto, según manifiesta la autoridad Oculta más elevada: “La Lemuria… no debe confundirse más con el Continente Atlántico, como Europa no se confunde con América” (Esoteric Buddhism, pág. 58).

(…)

Seguro es que Europa fue precedida no sólo por la última isla de la Atlántida de que habla Platón, sino también por un gran continente, que primero se dividió, y últimamente se subdividió en siete penínsulas e islas (llamadas Dwipas). Cubría él todas las regiones Atlánticas del norte y del sur, así como partes del Pacífico, del norte y sur, y tenía islas hasta en el Océano Indico (restos de la Lemuria). Este aserto está corroborado por los Purânas indios, por escritores griegos y por tradiciones persas, asiáticas y mahometanas.

3.     Habitantes de la Atlántida.

En esto está Faber de acuerdo con Bailly, quien se muestra más instruido y con más intuición que los que aceptan la cronología bíblica. Tampoco se equivocaba Bailly al decir que los Atlantes eran lo mismo que los Titanes y Gigantes (Véanse sus Lettres sur l'Atlantide). Faber adopta tanto más gustoso la opinión de su cofrade francés cuanto que Bailly menciona a Cosme Indicoplesta, que conservaba una antigua tradición acerca de Noé, de que había “habitado en otro tiempo la isla Atlántida”. Que esta isla sea la “Poseidonis” mencionada en el Esoteric Buddhism o el Continente de la Atlántida, importa poco. La tradición existe, registrada por un cristiano.

(…)

Los atlantes, primera progenie del hombre semidivino después de su separación en sexos y, por tanto, los primeros engendrados y los mortales que primeramente nacieron al modo humano, fueron los primeros “sacrificadores” al dios de la materia. Son ellos, en el oscuro y remoto pasado, en edades más que prehistóricas, el prototipo sobre el cual se construyó el gran símbolo de Caín, los primeros antropomorfistas que adoraron la forma y la materia, culto que pronto degeneró en personal, y que luego condujo al falicismo que reina supremo hasta hoy día en el simbolismo de todas las religiones exotéricas de rituales, dogmas y formas. (…)

Era creencia de toda la antigüedad, pagana y cristiana, que la humanidad primitiva fue una raza de gigantes. En ciertas excavaciones hechas en América (en terraplenes y en cuevas) se han encontrado ya, en casos aislados, grupos de esqueletos de nueve y de doce pies de alto. Éstos pertenecen a tribus de la Quinta Raza primitiva, degenerada ahora hasta el tamaño de cinco y seis pies. Pero podemos creer sin dificultad que los Titanes y Cíclopes de antaño pertenecían realmente a la Cuarta Raza (Atlante), y que todas las leyendas y alegorías posteriores que se encuentran en los Purânas hindúes y en los poemas griegos de Hesíodo y de Homero se basaban en nebulosas reminiscencias de Titanes verdaderos (hombres de un poder físico sobrehumano tremendo, que les permitía defenderse y tener a raya a los monstruos gigantescos de los tiempos primitivos mesozoicos y cenozoicos) y de Cíclopes reales, mortales de “tres ojos”.

(…)

Hablar de una raza de nueve yatis o veintisiete pies de alto [8,23 metros aprox.], en una obra que pretenda un carácter más científico que, por ejemplo, la historia de “Jack el Matador de Gigantes”, es un procedimiento bastante raro. ¿Dónde están las pruebas? –se preguntará a la escritora–. En la historia y en la tradición, es la respuesta. Las tradiciones de una raza de gigantes en los tiempos remotos, son universales; existen en doctrinas orales y escritas. La India ha tenido sus Danavas y Daityas; Ceilán sus Râkshasas; Grecia sus Titanes; Egipto sus Héroes colosales; Caldea sus Izdubars (Nimrod); y los judíos sus Emims de la tierra de Moab, con los famosos gigantes, Anakim (Números, XIII, 33). Moisés habla de Og, un rey cuyo “lecho” tenía nueve codos de largo (15 pies 4 pulgadas) y cuatro de ancho (Deut., III, II); y Goliat tenía “seis codos y un palmo de alto” (o 10 pies 7 pulgadas). La única diferencia que se encuentra entre la “escritura revelada” y las pruebas que nos han proporcionado Heródoto, Diodoro de Sicilia, Homero, Plinio, Plutarco, Filostrato, etc., es la siguiente: al paso que los paganos mencionan solamente esqueletos de gigantes, muertos edades sin cuento antes, reliquias que algunos de ellos habían visto personalmente, los intérpretes de la Biblia exigen sin rubor que la geología y la arqueología deban creer que algunos países estaban habitados por tales gigantes en los días de Moisés; gigantes ante los cuales los judíos eran como langostas, y los cuales existían todavía en los días de Josué y David. Desgraciadamente, su propia cronología se opone a ello. Hay que renunciar a esta última o a los gigantes.

(…)

La civilización de los atlantes fue aún mayor que la de los egipcios. Sus descendientes degenerados, la nación de la Atlántida de Platón, fueron los que construyeron las primeras Pirámides en el país, y eso seguramente antes del advenimiento de los “etíopes orientales”, como llama Heródoto a los egipcios. Esto puede deducirse muy bien de la declaración de Ammanio Marcelino, el cual dice de las Pirámides que: “Hay también pasajes subterráneos y retiros tortuosos, los cuales, se dice, fueron construidos en diferentes lugares por hombres hábiles en los antiguos misterios, por medio de los cuales adivinaban la venida de un diluvio, a fin de que la memoria de todas sus ceremonias sagradas no se perdiese”. Estos hombres, que “adivinaban la venida de los diluvios” no eran egipcios, los cuales no tuvieron jamás ninguno, exceptuando las crecidas periódicas del Nilo. ¿Quiénes eran? Los últimos restos de los atlantes, afirmamos nosotros

 

3.1 De la Cuarta Raza a la Quinta (de los atlantes a los arios primitivos).

De la Cuarta Raza es de donde los arios primitivos adquirieron su conocimiento del “conjunto de cosas maravillosas” [de] el Sabhâ y Mayasabhâ mencionados en el Mahâbhârata, el don de Mayasura a los Pândavas. De ellos aprendieron la aeronáutica, la Vimâna Vidyâ, el “conocimiento de volar en vehículos aéreos” y, por tanto, sus grandes conocimientos de meteorografía y meteorología. De ellos también heredaron los arios su más valiosa ciencia de las virtudes ocultas de las piedras preciosas y otras, de la química, o más bien, la alquimia, la mineralogía, geología, física y astronomía.

(…)

Según se declara en el Buddhismo Esotérico, los egipcios, así como los griegos y los “romanos” de hace algunos miles de años, eran “restos de los ario–atlantes”; los primeros, de los atlantes más antiguos o atlantes Ruta; los últimos mencionados, descendientes de la última raza de la isla cuya repentina desaparición fue referida a Solón por los Iniciados egipcios. La Dinastía humana de los egipcios más antiguos, que principió con Menes, poseía todo el conocimiento de los atlantes, aun cuando ya no había en sus venas sangre atlante. Pero aquéllos habían preservado todos los Anales Arcaicos.

(…)

Pero la historia del pasado no se perdió enteramente nunca, pues los sabios del antiguo Egipto la habían conservado “y así se conserva hasta hoy en otra parte”. Los sacerdotes de Sais dijeron a Solón, según Platón: “No conocéis esa nobilísima y excelente raza de hombres que habitó una vez vuestro país, de quien vos descendéis, así como todos vuestros actuales estados, aunque sólo un pequeño resto de esta gente admirable es la que ahora queda… Estos escritos relatan la fuerza prodigiosa que dominó una vez vuestra ciudad, cuando un potente poder guerrero, precipitándose desde el mar Atlántico, se extendió con furia hostil sobre toda Europa y Asia (Timæus). Los griegos no eran sino los restos empequeñecidos y debilitados de esa nación en un tiempo gloriosa…”.

¿Qué era esta nación? La Doctrina Secreta enseña que fue la última parte de la séptima subraza de los atlantes, que entonces estaba ya englobada en una de las primeras subrazas del tronco Ario, que se había ido extendiendo gradualmente sobre el continente e islas de Europa, tan pronto como éstas principiaron a surgir de los mares. Descendiendo de las altas mesetas del Asia, en donde las dos razas se habían refugiado en los días de la agonía de la Atlántida, se habían ido estableciendo y colonizando las nuevas tierras surgidas. La subraza inmigradora había aumentado y se multiplicó rápidamente en aquel suelo virgen; se había dividido en muchas razas de familia, las cuales a su vez se dividieron en naciones: Egipto y Grecia, los fenicios y los troncos del norte, procedieron así de esta subraza. Miles de años después, otras razas (restos de los atlantes), “amarillas y rojas, morenas y negras”, principiaron a invadir el nuevo continente. Hubo guerras en que los recién llegados fueron vencidos, y huyeron, unos al África, otros a países remotos.

 

3.     Pérdida de espiritualidad; nacimiento de la hechicería.

De este modo fue como los primeros atlantes, nacidos en el Continente Lemur, se separaron desde sus primeras tribus en buenos y en malos; en los que adoraban al Espíritu invisible de la Naturaleza, cuyo rayo siente el hombre dentro de sí mismo, o Panteístas, y en los que rendían un culto fanático a los Espíritus de la Tierra, los Poderes antropomórficos, Cósmicos y tenebrosos, con quienes se aliaron. Éstos fueron los primeros Gibborim, los “hombres poderosos… famosos” en aquellos días” (Gen. VI), que en la Quinta Raza son los Kabirim, Kabiri, para los egipcios y fenicios; Titanes, para los griegos, y Râkshasas y Daityas para las razas indias.

 

c) Éste es el principio de un culto, el cual estaba condenado a degenerar, edades después, en falicismo y culto sexual. Principió por el culto del cuerpo humano –ese “milagro de milagros”, como lo llama un autor inglés– y terminó por el de sus sexos respectivos. Los que tal culto rendían, eran gigantes de estatura; pero no gigantes en conocimientos y sabiduría, aunque ésta venía a ellos más fácilmente que a los hombres de nuestros tiempos modernos. Su ciencia era innata en ellos. Los Lemuro–Atlantes no tenían necesidad de descubrir y fijar en su memoria lo que su PRINCIPIO animador sabía en el momento de su encarnación. Sólo el tiempo, y el embotamiento siempre progresivo de la materia de que los Principios se habían revestido, pudieron, el primero, debilitar la memoria de su conocimiento prenatal, y el segundo, entorpecer y hasta extinguir en ellos todo fulgor de lo espiritual y divino. Así, pues, desde el principio cayeron, víctima de sus naturalezas animales, y criaron “monstruos”, esto es, hombres de variedades distintas de ellos.

(…)

… o sea la tradición universal acerca del tercer gran continente que pereció hace unos 850.000 años, un continente habitado por dos razas distintas, distintas físicamente y sobre todo moralmente, ambas en extremo versadas en la sabiduría primitiva y en los secretos de la naturaleza, y mutuamente enemigas en su lucha, durante el curso y progreso de su doble evolución. Pues ¿de dónde provienen hasta las enseñanzas chinas sobre el asunto, si no es más que una “ficción”? ¿No tienen ellos anales de la existencia en un tiempo de una Isla Santa más allá del sol, Tcheoti, más allá de la cual estaban situadas las tierras de los Hombres Inmortales? ¿No creen ellos todavía que los restos de esos hombres inmortales –que sobrevivieron cuando la Isla Santa se convirtió en negra por el pecado y pereció– han encontrado refugio en el gran Desierto de Gobi, en donde residen aún, invisibles para todos y defendidos de toda intrusión por una hueste de Espíritus?

(…)

Esto está explicado en nuestros Comentarios: “Ellos [la sexta subraza de los atlantes] usaban encantos mágicos hasta en contra del Sol”, y al fracasar en su intento, le maldecían. Se atribuía a los brujos de Tesalia el poder de hacer descender a la Luna, según nos lo asegura la historia griega. Los atlantes de los últimos tiempos eran famosos por sus poderes mágicos y su perversidad, por su ambición y su desprecio de los dioses. De aquí las mismas tradiciones que tomaron forma en la Biblia acerca de los gigantes antediluvianos y la Torre de Babel, y que se encuentran también en el Libro de Enoch.

23 abril 2021

Las cinco Razas-raíces (Humanidades) según la Doctrina Secreta. Visión general.

“Respecto a la evolución de la humanidad, la Doctrina Secreta postula tres proposiciones nuevas que se hallan en contradicción directa con la ciencia moderna, lo mismo que con los dogmas religiosos corrientes. Enseña ella:

(a) la evolución simultánea de siete Grupos humanos en siete distintas partes de nuestro globo;

(b) el nacimiento del cuerpo astral, antes que el físico, siendo el primero un modelo del último; y

(c) que el hombre, en esta Ronda [la actual es la cuarta ronda de siete, ver más aquí], precedió a todos los mamíferos –incluso los antropoides– en el reino animal”.

(…)

el punto sobre el cual insistimos más por ahora es el de que, cualquiera que sea el origen que se atribuya al hombre, su evolución tuvo lugar en el orden siguiente : 1º Sin sexo, como son todas las formas primitivas ; 2º Luego, por una transición natural, se convierte en un “hermafrodita solitario", un ser bisexual; y 3º Finalmente se separó y se convirtió en lo que es ahora.

(...)

De modo que es tradición universal que la Humanidad ha evolucionado gradualmente hasta llegar a su presente forma, desde un estado de contextura casi transparente, y no por milagro ni por comercio sexual. Esto además concuerda por completo con las antiguas filosofías: desde las de Egipto y de la India, con sus Dinastías Divinas hasta la de Platón.

(…)

En cuanto a la cuestión de las cuatro distintas Razas de la especie humana que precedieron a nuestra Quinta Raza, nada de místico hay en ello, excepto los cuerpos etéreos de las primeras Razas; y esto es materia de historia legendaria, aunque, sin embargo, muy exacta. La leyenda es universal. Y si los sabios occidentales no gustan ver en ella sino un mito, en nada absolutamente influye. Los mexicanos tenían, y tienen aún, la tradición de la cuádruple destrucción del mundo por el fuego y el agua, lo mismo que la tenían los egipcios y que la tienen hasta hoy los hindúes.

(…)

Así, pues, veremos que para las tres y media Razas–Raíces primeras, hasta el punto medio o de vuelta, las Sombras Astrales de los “Progenitores”, los Pitris Lunares, son las fuerzas formativas en las Razas, y las que construyen e impelen gradualmente la evolución de la forma física hacia la perfección; esto, a costa de una pérdida proporcionada de Espiritualidad. Después, desde el punto de vuelta, es el Ego Superior o Principio que reencarna, el Nous o Mente, el que reina sobre el Ego Animal y lo gobierna cuando no es arrastrado hacia abajo por este último. En una palabra: la Espiritualidad se halla en su arco ascendente; y lo animal o físico le impide progresar constantemente en la senda de su evolución, sólo cuando el egoísmo de la Personalidad ha infestado tan fuertemente al Hombre Interno verdadero con su virus letal, que la atracción superior pierde todo su poder sobre el hombre pensante razonable.

Reflejo de lo anterior en la filosofía y religiones a lo largo de la historia:

“No es sólo la Doctrina Secreta la que habla del Hombre primitivo nacido simultáneamente en las siete divisiones de nuestro Globo. En el Divino Pymander de Hermes Trismegisto, (...); y en los fragmentos de las tablas Caldeas, coleccionados por George Smith, en los que está inscrita la Leyenda Babilónica de la Creación, en la primera columna de la tabla Cutha, se mencionan siete Seres humanos “con caras de cuervos”, esto es, de tez negra, a quienes “crearon los [siete] Grandes Dioses”.

(...)

Los ocultistas, sin embargo, saben que las tradiciones de la Filosofía Esotérica deben ser las verdaderas, sencillamente porque son las más lógicas, y reconcilian todas las dificultades. Por otra parte, tenemos los Libros de Thoth y el Libro de los Muertos egipcios, y los Purânas indos con su siete Manus, así como las narraciones caldeo–asirías, cuyos ladrillos mencionan siete Hombres primitivos o Adanes, pudiéndose averiguar, por medio de la Kabalah, el verdadero significado de este nombre. Los que saben algo de los Misterios de Samotracia recordarán también que el nombre genérico de los Kabiri era los “Santos Fuegos”, que crearon en siete localidades de la isla de Electria o Samotracia, al “Kabir nacido de la Santa Lemnos”, la isla consagrada a Vulcano.

(…)

Por lo tanto basta examinar las inscripciones cuneiformes babilónicas, asirías y otras, para encontrar también en ellas, esparcidas aquí y allá, no sólo el significado original del nombre de Adam, Admi o Adamí, sino también la creación de siete Adanes o raíces de Hombres, nacidos físicamente de la Madre Tierra, y espiritual o astralmente del Fuego Divino de los Progenitores”.

(…)

Toda persona libre de prejuicios preferiría creer que la Humanidad Primitiva poseyó al principio una Forma Etérea, o si se quiere una Forma filamentosa enorme, de aspecto gelatinoso, evolucionada por Dioses o “Fuerzas” naturales, que se desarrolló y condensó durante millones de siglos, y que en su impulso y tendencia físicos llegó a ser gigantesca, hasta ofrecer la enorme forma física del Hombre de la Cuarta Raza, a creer que el hombre fue creado del polvo de la Tierra (literalmente) o de algún antecesor antropoide desconocido.

(…)

La escritora no dará nunca demasiadas pruebas de que el sistema de Cosmogonía y Antropogonía, antes descrito, existió realmente; que sus anales se conservan, y que se encuentra reflejado hasta en las versiones modernas de las antiguas Escrituras. Los Purânas, de una parte, y las Escrituras judías, de otra, están basados en el mismo esquema de evolución; si se leyeran esotéricamente y se expresaran en el lenguaje moderno, encontraría que eran tan científicos como lo que ahora pasa corrientemente como la última palabra de los descubrimientos recientes”.

Las “cinco Humanidades” existentes hasta la actualidad:

“Por lo tanto, en vista de la confusión posible y hasta muy probable que puede haber, consideramos más conveniente adoptar, para cada uno de los cuatro Continentes que constantemente se mencionan, un nombre más familiar para el ilustrado lector. Proponemos, pues, llamar al primer Continente, o más bien a la primera terra firma, donde fue evolucionada la Primera Raza por los Progenitores divinos:

I. La Isla Sagrada e Imperecedera.

La razón de este nombre es que, según se afirma, esta “Isla Sagrada e Imperecedera”, nunca ha participado de la suerte de los otros Continentes, por ser la única cuyo destino es durar desde el principio hasta el fin del Manvantara pasando por cada Ronda. Es la cuna del primer hombre y la morada del último mortal divino, escogido como un Shishta para la semilla futura de la Humanidad. Muy poco puede decirse de esta tierra misteriosa y sagrada, excepto, quizás, según una poética expresión de uno de los Comentarios, que la “Estrella Polar fija en ella su vigilante mirada, desde la aurora hasta la terminación del crepúsculo de un Día del Gran Aliento”.

II. La Hiperbórea.

Éste será el nombre escogido para el segundo Continente, la tierra que extendía sus promontorios al Sur y al Este desde el Polo Norte, para recibir la Segunda Raza, y comprendía todo lo que se conoce como Asia del Norte. Tal fue el nombre dado por los griegos más antiguos a la lejana y misteriosa región adonde su tradición hacía viajar cada año a Apolo, el Hiperbóreo. Astronómicamente, Apolo es, por supuesto, el Sol, el cual, abandonando sus santuarios helénicos, gustaba visitar su lejano país, donde se decía que el Sol nunca se ponía durante la mitad del año.

(…)

Y ahora se presenta naturalmente esta pregunta: Si los griegos, en los días de Homero, conocían una tierra Hiperbórea, esto es, una tierra bendita más allá del alcance de Bóreas, el Dios del invierno y del huracán, una región ideal que los últimos griegos y sus escritores han tratado en vano de colocar más allá de la Escitia, un país donde las noches eran cortas y los días largos, y más allá de éste una tierra donde el Sol nunca se ponía y donde la palma crecía libremente; si conocían todo esto, ¿quién les habló de ello? En su tiempo, y durante edades anteriores, Groenlandia debió ciertamente haber estado ya cubierta de nieves y hielos perpetuos, lo mismo que ahora. Todo tiende a demostrar que la tierra de las noches cortas y de los días largos era Noruega o Escandinavia, más allá de la cual se hallaba la tierra bendita de la luz y del verano eternos. Para que los griegos conocieran esto, la tradición debió haberles llegado de un pueblo más antiguo que ellos, que conocía aquellos detalles de un clima acerca del cual los griegos mismos nada podían saber. Aun en nuestros días, la Ciencia sospecha que más allá de los mares polares, en el círculo mismo del Polo Ártico, existe un mar que nunca se hiela y un continente siempre verde. Las Enseñanzas Arcaicas y también los Purânas –para quien entiende sus alegorías– contienen las mismas afirmaciones. Para nosotros nos basta la gran probabilidad de que durante el período mioceno de la Ciencia Moderna, en un tiempo en que la Groenlandia era casi una tierra tropical, existió allí un pueblo desconocido ahora de la Historia”.

III. Lemuria.

Proponemos llamar Lemuria al tercer Continente. Este nombre es una invención o una idea de Mr. P. L. Sclater, quien, entre 1850 y 1860, confirmó con fundamentos zoológicos la existencia real, en tiempos prehistóricos, de un Continente que demostró se extendía desde Madagascar a Ceilán [actual Sri Lanka] y Sumatra [Indonesia]. Incluía algunas partes de lo que ahora se llama África; pero, por lo demás, este gigantesco Continente, que se extendía desde el Océano Indico hasta la Australia, ha desaparecido ahora por completo bajo las aguas del Pacífico, dejando aquí y allá solamente algunas de las cumbres de sus montes más elevados, que en la actualidad son islas.

IV. Atlántida.

Así llamamos al cuarto Continente. Sería la primera tierra histórica si se prestase más atención de lo que se ha hecho hasta ahora a las tradiciones de los antiguos. La famosa isla llamada así por Platón era sólo un fragmento de aquel gran Continente.

V. Europa.

El quinto Continente era América; pero, como está situado en sus antípodas, los ocultistas indo–arios mencionan generalmente a Europa y al Asia Menor, casi contemporáneos de aquél, como el quinto. Si su enseñanza siguiese la aparición de los Continentes en su orden geológico y geográfico, entonces esta clasificación tendría que alterarse. Pero como el orden sucesivo de los Continentes se hace que siga al orden de la evolución de las Razas, desde la Primera a la Quinta, nuestra Raza–Raíz Aria [se llama así porque tuvo su inicio en Aryavarta, hoy India], Europa tiene que llamarse el quinto gran Continente.


La Doctrina Secreta, volumen II (Antropogénesis), H. P. Blavatsky.