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(Este artículo apareció originalmente en la revista Lucifer, vol. I, n° 2, de octubre de 1887, págs. 120-122. Está firmado con el pseudónimo de “Fausto”, pero se le atribuye a H. P. Blavatsky.
Traducción por J.R.S., Fundación Blavatsky (México), con modificaciones y correcciones.).
Según parece, la paradoja es el lenguaje natural del
ocultismo. Más aún, parecería que ésta penetra profundamente en el corazón de
las cosas, y por ello es inseparable de cualquier intento para poner en
palabras la verdad, la realidad que subyace por debajo del drama exterior de la
vida.
Y la paradoja no sólo se encuentra en las palabras sino en
la acción, en la misma conducción de la vida. Las paradojas del ocultismo deben
vivirse, no sólo proferirse. Aquí se encuentra un gran peligro, ya que es demasiado fácil llegar a perderse en la contemplación
intelectual del sendero, y así olvidar que el camino sólo puede conocerse
caminándolo.
El estudiante encuentra desde el comienzo mismo una paradoja
sobrecogedora, que lo confronta con formas cada vez más nuevas y extrañas a
cada vuelta del camino. Uno como él ha buscado quizás el sendero deseando
encontrar una guía, una pauta de lo que es apropiado para la conducción de su
vida. Él aprende que el alfa y el omega, el comienzo y el fin de la vida
es el altruismo; y siente la verdad del adagio que solamente en la
profunda inconsciencia del olvido de sí puede revelarse la verdad y la realidad
del ser a su anhelante corazón.
El estudiante aprende que ésta es la ley del ocultismo y al
mismo tiempo la ciencia y el arte de vivir, la guía hacia la meta que él desea
alcanzar. Encendido de entusiasmo entra valientemente en la senda de la
montaña. Luego encuentra que su maestro no alienta sus ardientes arranques de
sentimiento; su anhelo de olvido total por lo Infinito –sobre el plano exterior
de su vida y conciencia actuales. Al menos, si ellos de hecho no desalientan su
entusiasmo, le trazan, como primera tarea indispensable, el conquistar y
controlar su cuerpo. El estudiante encuentra que lejos de incitarlo a vivir
en los pensamientos encumbrados de su cerebro, e imaginarse el haber alcanzado
ese éter en donde existe la verdadera libertad –olvidándose de su cuerpo, de
sus acciones y de su personalidad exterior- se le pone una tarea mucho más
cercana a la tierra. Toda su atención y vigilancia son requeridas en el plano
exterior; nunca debe olvidarse de sí mismo, nunca perder la atención sobre su
cuerpo, su mente, su cerebro. Debe incluso aprender a controlar la expresión de
cada rasgo, verificar y refrenar la acción de cada músculo, ser maestro del más
mínimo movimiento involuntario. Se le señala como el objeto de su estudio y
observación, la vida diaria alrededor y dentro de él. En vez de olvidar lo que
usualmente se llaman las pequeñas nimiedades, los pequeños descuidos de lengua
o de memoria, se le fuerza a hacerse cada día más consciente de esas equivocaciones,
hasta que finalmente éstas parecen envenenar el mismo aire que respira y
afixiarlo, creyendo incluso haber perdido de vista y comunicación con el gran
mundo de libertad hacia el cual ha estado luchando, hasta que cada hora de cada
día parece estar llena del sabor amargo de sí mismo y, su corazón se enferma
cada vez más por el dolor y la lucha de la desesperación. Y la obscuridad se
hace aún más profunda por la voz, que al interior de él mismo clama sin cesar
diciendo: “olvídate de ti mismo”. ¡Cuidado! no sea que te hagas egocéntrico y
la gigantesca hierba mala del egoísmo espiritual se enraíce firmemente en tu
corazón; ¡cuidado, cuidado, cuidado!
La voz conmueve su corazón hasta lo más profundo, ya que
siente que las palabras son ciertas, su batalla diaria y a cada minuto le está
enseñando que el egocentrismo es la raíz de la miseria, la causa del dolor, y
su alma está llena del anhelo de ser libre.
Es así como el discípulo se desgarra por la duda. El confía
en sus instructores, ya que sabe que a través de ellos habla la misma voz que
escucha en el silencio de su propio corazón. Pero ahora profieren palabras
contradictorias; una, la voz interior, le pide olvidarse completamente de sí
mismo en servicio de la humanidad; la otra, la palabra hablada de aquellos de
los que busca la guía en su servicio, le piden primero conquistar su cuerpo, su
ser exterior. Y a cada hora él se da cuenta mejor que nadie qué tan mal se
conoce a sí mismo en esa batalla con la Hydra, y ve crecer de nuevo siete
cabezas en el lugar que había cercenado a cada una.
Primero oscila entre las dos, obedeciendo ahora a una, y
luego a la otra. Pero pronto aprende que esto es inútil. Porque el sentido de
libertad y ligereza, que en un principio llega cuando deja su ser exterior sin
vigilar, en busca del aire interior, pronto pierde su agudeza y un repentino
sobresalto le revela que se ha resbalado y caído en el sendero ascendente.
Entonces, en su desesperación se arroja sobre la traicionera serpiente de yo, y
trata de matarla estrangulándola; pero su constante movimiento en espirales
elude su alcance, la insidiosa tentación de sus resplandecientes escamas ciega
su visión y de nuevo se vuelve a enredar en la agitación de la batalla, la cual
le gana día con día, y parece finalmente llenar el mundo entero, borrando todo
lo demás fuera de su conciencia. Se encuentra cara a cara con una paradoja
abrumadora, cuya solución debe vivirse antes de que pueda realmente
comprenderse.
En sus horas de meditación silenciosa, el estudiante
encontrará que existe un espacio de silencio dentro de él en donde puede
encontrar refugio de sus pensamientos y deseos, de la agitación de los sentidos
y de los engaños de la mente. Hundiendo su conciencia profundamente en su
corazón puede alcanzar ese lugar al principio solamente cuando se encuentra a
solas, en el silencio y obscuridad. Pero cuando la necesidad de silencio ha
crecido suficientemente, volverá a buscarlo, incluso en medio de la lucha consigo
mismo, y lo encontrará. Sólo que no debe dejar libre a su ser o sí exterior, o
a su cuerpo, debe aprender a retirarse a su ciudadela cuando se haga más fiera
la batalla, pero hacerlo sin perder de vista la batalla; sin dejarse engañar a
sí mismo creyendo que por hacer esto haya logrado la victoria. La victoria se
gana solamente cuando todo está en silencio tanto afuera como adentro de la
ciudadela interior. Peleando de esta manera, desde adentro de ese silencio, el
estudiante encontrará que habrá resuelto la primera gran paradoja.
Sin embargo, la paradoja aún lo persigue. Cuando de esta
manera logra primero tener éxito en retirarse dentro de sí mismo, únicamente
busca allí refugio de la tempestad que azota su corazón. Y cuando lucha para
controlar los arrebatos de la pasión y del deseo, se da cuenta de manera más
plena de lo enorme de los poderes que se ha jurado a sí mismo conquistar. Aún
se siente separado del silencio, más cerca y afín con las fuerzas de la
tormenta. ¿Cómo podrá con sus mezquinas fuerzas hacerles frente a esos tiranos
de la naturaleza animal?
Esta pregunta es difícil de contestar en palabras directas,
si es que en verdad puede darse una semejante respuesta. Pero la analogía
podría indicarnos el camino en donde encontrar la solución.
Al respirar tomamos cierta cantidad de aire en nuestros
pulmones y con esto podemos imitar en miniatura al poderoso viento de los
cielos. Podemos producir una débil semejanza de la naturaleza: una tempestad en
un vaso de agua, un vendaval que puede arrastrar e incluso hacer zozobrar a un
barco de papel. Y podemos decir. “Yo hago esto; es mi aliento”. Pero no podemos
soplar en contra de un huracán, y mucho menos contener un ventarrón en nuestros
pulmones. Si embargo, los poderes de los cielos están dentro de nosotros; la
naturaleza de las inteligencias que guían la fuerza del mudo está unida a la
nuestra, y si sólo pudiésemos darnos cuenta de esto, olvidándonos de
nuestros síes o seres exteriores, los vientos mismos serían nuestros
instrumentos.
De igual manera es en la vida. Mientras que el hombre se
apegue a su ser exterior, sí, incluso a cualquiera de las formas que asume
cuando es desechado este “envoltura mortal”, seguirá tratando de disolver un
huracán con el aliento de sus pulmones. Tal empresa es inútil y vana; ya que
tarde o temprano los grandes vientos de la vida deberán barrer con él. Pero si
cambia su actitud en sí mismo, si actúa con la fe de que su cuerpo, sus deseos,
sus pasiones, su cerebro, no son él mismo, aunque él esté a cargo de ellos y
sea responsable de ellos; si intenta tratarlos como partes de la naturaleza,
entonces podrá esperar llegar a ser uno con las grandes mareas del ser y
alcanzar, por fin, el apacible lugar sin peligro del olvido de sí mismo.
