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10 diciembre 2025

Los orígenes del ritual en la Iglesia (II)

 


"¿Qué templos vamos a erigir a la divinidad, si el Universo, que es obra suya, no puede apenas contenerla? ¿Cómo colocaríamos en un solo edificio el poder del Omnipotente? ¿No es preferible, acaso, que consagremos un templo en nuestro corazón y en nuestro espíritu a la divinidad?”

 

Extractos del artículo “Los orígenes del ritual en la iglesia y en la masonería”, de H. P. Blavatsky. (1)

Título original: “The roots of ritualism in Church and Masonry”, publicado en la revista Lucifer con fechas 15/03/1889 (número 19), y 15/05/1889 (número 21). De la traducción al español por Salvador Valera.

Sobre la Virgen María:

“Además, ¿es que no vamos a protestar contra la acusación de idolatría que han lanzado contra nosotros los católico–romanos, cuya religión es más pagana todavía que cualquiera de las que profesan los adoradores de los elementos y del sistema solar? Nadie menos calificado que los católicos para acusar, puesto que su momificado y estrecho credo lo han copiado de creencias más antiguas que la suya, y sus dogmas y ritos son Idénticos a los de todas las naciones idólatras, si es que existen naciones de esta clase.

En toda la superficie del planeta, desde el Polo Norte hasta el Polo Sur, desde los helados golfos de los países nórdicos hasta las tórridas llanuras de la India meridional y del corazón de América, desde Grecia hasta Caldea, el Fuego Solar ha sido adorado como símbolo del Poder Divino creador del Amor y de la Vida. La unión del Sol (el elemento masculino) con la tierra y el agua (la materia–elemento femenino) se ha conmemorado en los templos esparcidos por el Universo entero. Nueve meses antes de llegar el solsticio de invierno, los paganos celebraban una fiesta conmemorativa de esta unión en la que se decía que Isis había concebido; pues bien, los cristianos hacen lo mismo, pues celebran nueve meses antes de la Navidad el grande y santo día de la Anunciación, día en que la “Virgen María” recibió el favor de (su) Dios y concibió al “Hijo del Altísimo” ¿De dónde proceden la adoración del Fuego, de las luces y de las lámparas que se colocan en las iglesias? ¿Por qué se hace esto? Porque Vulcano, el dios del Fuego, se unió con Venus, diosa del mar. Por esta misma razón los Magos y las Vírgenes–vestales cuidaban del Fuego sagrado. El Sol era el “Padre” de la Naturaleza; o sea, de la eterna Virgen–Madre. La relación de aquel con ésta se repite en la dualidad Osiris–Isis y en la de Espíritu–Materia, la cual fue adorada bajo tres estados por los paganos y los cristianos. He aquí de donde proceden esas Vírgenes vestidas con un traje azul salpicado de estrellas, que pisan una luna creciente, símbolo de la naturaleza femenina (en sus tres elementos: aire, agua y fuego), fecundada anualmente por el Fuego o Sol masculino con sus radiantes rayos, (las “lenguas de fuego” del Espíritu Santo).

El Kalevala, que es el poema más antiguo de Finlandia, cuya antigüedad precristiana es indiscutible para los eruditos, habla de los dioses finlandeses del aire y del agua, del fuego y de los bosques, del cielo y de la tierra. El lector podrá encontrar en la magnífica traducción al inglés de J.M. Crawford, Rume L (Vol. II) la leyenda entera de la Virgen María, de

Mariatta, hermosa joven, Virgen–Madre de las Tierras nórdicas (pág.729).

Ukko, el gran Espíritu que moraba en Yumala (el cielo o paraíso), eligió a la Virgen Mariatta con objeto de que le sirviera de vehículo para encarnarse por su medio en forma de Hombre–Dios. Quedó ella encinta al comer una baya roja (marja). Repudiada por sus padres dio a luz a un Hijo inmortal en el pesebre de un establo, pero el “Santo Niño” desapareció inmediatamente y Mariatta se lanzó en su búsqueda. Preguntó a una estrella –”la estrella guía de los países nórdicos”– dónde se ocultaba “El Santo Niño”, pero ésta le repuso irritada:

Aunque lo supiera, no te lo diría: porque tu hijo fue quien me creó en el frío para que brillase eternamente…

Y la estrella no dijo nada a la Virgen. La dorada luna no consintió tampoco en ayudarle, fundándose en que el hijo de Mariatta la había creado dejándola en el anchuroso cielo:

Aquí me dejó para que durante la noche vagase en completa soledad por las tinieblas y luciera para bien ajeno…

 Únicamente el “Argentado Sol” se compadeció de la Virgen–Madre y le dijo:

Allá lejos está el Niño adorado.

Allí reposa tu santo Hijo, durmiendo oculto con agua hasta la cintura entre cañas y juncos…

Y Mariatta se lleva al Santo Niño a su casa y mientras que ella le llama “Flor”. Otros le dicen Hijo del Dolor. ¿Nos encontramos, en este caso, ante una leyenda post–cristiana? De ninguna manera, pues ya dije antes que es una leyenda de origen esencialmente pagano, siendo creencia que es anterior al cristianismo. De esto se sigue que, con semejantes datos literarios en la mano, pierden su finalidad las acusaciones dé ateísmo e idolatría que se repiten sin cesar. Por otra parte, el término idolatría es de origen cristiano, pues sabido es que esta palabra fue aplicada por los nazarenos primitivos durante los dos primeros siglos de nuestra era y la primera mitad del tercero a las naciones que utilizaban iglesias, templos, estatuas e imágenes, porque los primeros cristianos no tenían templos, ni estatuas, ni imágenes, cosas que ellos aborrecían en extremo.

El término “idólatras” podría aplicarse con más propiedad a nuestros acusadores que a nosotros, como lo demostraremos en este escrito. El católico que coloca Madonas en cada encrucijada y fabrica estatuas de Cristo, de ángeles de toda especie e incluso de Santos y Papas, no puede acusar de Idólatras a los hindúes y budistas”.

Sobre el culto antropomórfico de Dios:

“Comencemos con el origen de la palabra Dios, God en inglés. ¿Cuál es la significación verdadera y primitiva de este término? Sus significados etimológicos son tan numerosos como variados. Según uno de ellos, la palabra se deriva de un término persa antiquísimo y muy místico: Goda el cual quiere decir “El mismo”, o algo emanante por sí mismo del Principio absoluto. La raíz de esa palabra es Godan de donde se derivan Wotan, Woden y Odín; de forma que la radical oriental no ha sido casi alterada por las razas germánicas que formaron con ella la voz Gotz, de la cual derivaron el adjetivo Gut, “Good” (bueno en inglés) y el término Goda o ídolo. Las palabras Zeus y Theos de la antigua Grecia dieron origen a la palabra latina Deus. Goda, la emanación, no es ni puede ser idéntica a aquello de lo que emana y, por consiguiente, es tan sólo su manifestación periódica y finita. Cuando el antiguo Arato dijo que “Todos los caminos y mercados frecuentados por los hombres están llenos de Zeus; llenos de Él están los mares y también los puertos”, no limitaba la idea de Dios a un mero reflejo temporal suyo sobre nuestro plano terrestre, como lo es Zeus o su antecedente Dyao, sino que daba a la palabra la extensión de un Principio universal y omnipresente. Antes de que Dyao, el deslumbrante dios (el cielo) hubiera atraído la atención del hombre, existía ya el védico Tat –“aquello”– (that en inglés), el cual no tiene ni para el filósofo ni para el iniciado nombre alguno definido, porque es la noche absoluta, oculta bajo toda la radiante luz manifestada. Pero no se pudo evitar que el Sol, primera manifestación en el mundo de Maya e hijo de Dyao, fuese llamado por los ignorantes “El Padre” como lo fue también el mítico Júpiter, última y significativa reflexión de Zeus–Surya.

De manera que el sol llegó rápidamente a ser sinónimo de Dyao y fue confundido con él. Para unos, era el Hijo; para otros, “el Padre”, que mora en el radiante cielo. Sin embargo, Dyao–Pitar, el Padre en el Hijo y el Hijo en el Padre, tiene origen finito, puesto que le fue concedida la Tierra como esposa. Durante la gran decadencia de la filosofía metafísica fue cuando comenzó a representarse a Dyâvâ–prithivî, “el Cielo y la Tierra”, en forma de padres universales y cósmicos, no sólo de los hombres, sino también de los dioses. El poético y abstracto concepto original de la causa ideal acabó por corromperse. Dyao, el Cielo, llegó a ser rápidamente Dyao el Paraíso, la morada del “Padre” y, finalmente, el mismo Padre. En seguida el Sol fue transformado en símbolo del Padre y recibió el título de Dína Kara “el que crea el día”, y de Bhâskara “el que crea la luz”, siendo desde ese momento el Padre de su Hijo y viceversa.

A partir de entonces se estableció el reino del ritualismo y del culto antropomórfico que terminó por envilecer al mundo entero, extendiendo su supremacía hasta nuestra época llamada civilizada.

Una vez se ha visto que éste es el origen común, sólo nos resta establecer el contraste entre los dos dioses –el dios de los gentiles y el de los judíos– y deducir intuitivamente, basándonos en su propia revelación y juzgándoles de acuerdo con su definición, cuál de los dioses se encuentra más cerca del ideal más sublime.

Citemos al coronel Ingersoll el cual ha establecido un paralelismo entre Jehová y Brahma. Jehová, oculto tras las nubes y tinieblas del Sinaí, dice a los judíos:

“No tendrás dioses ajenos delante de mí. No te prosternarás delante de sus imágenes, ni las honrarás, porque yo soy Jehová, tu Dios, fuerte, celoso, que visito la maldad de los padres sobre los hijos, hasta la tercera y cuarta generación de aquellos que me aborrecen, a fin de que me teman”.

Compárense estas palabras con las que pone un hindú en boca de Brahma: “Yo soy el mismo para todos los seres. Quienes sirven honradamente a los otros dioses, me adoran involuntariamente. Yo soy el que participa en toda adoración; yo, la recompensa de todos los adoradores”. Compárense ambos párrafos, El primero es un lugar oscuro en que se insinúan cosas que nacen del fango: el otro, grande como el firmamento, cuya bóveda está sembrada de soles.

Ya pueden disfrazar y enjalbegar cuanto quieran al Dios de Abraham y de Isaac, que nunca serán capaces de refutar las palabras de Marción, quien niega que el Dios del odio pueda ser el mismo Dios que el “Padre de Jesús”. Sea como sea, herejía o no, el “Padre que está en los cielos” ha seguido siendo, a partir de esa época, una criatura híbrida, una mezcolanza del Jave (Júpiter) de los paganos con el “Dios celoso” de Moisés, Dios que, exotéricamente, es el sol, cuya morada se encuentra en los cielos y, esotéricamente, es el cielo”.

El pan y el vino, la misa:

¿No da Él nacimiento a la luz “que brilla en las tinieblas”, al día, al brillante Dyao, al Hijo, y no es Él, acaso, el Altísimo Deus coelun? ¿Y no es Terra, la Tierra, la Virgen eternamente inmaculada que, engendrando sin descanso, fecundada por el ardiente abrazo de su “Señor”–los vivificantes rayos solares– se convierte en madre de todo cuanto vive y respira en el vasto seno de la esfera terrestre? Esto explica el carácter sagrado que tiene en el ritual lo que ella produce: o sea, el pan y el vino. De ahí también la antigua messis, el gran sacrificio ofrendado a la diosa (Ceres Eleusina, es decir, la tierra) de las cosechas (de la mies): messis para los iniciados, missa para los profanos(1) que ha llegado a ser hoy en día la misa o liturgia cristiana. La antigua ofrenda de los frutos de la Tierra hecha al Sol, al Deus Altissimus, el símbolo del G.A.D.U. de los francmasones contemporáneos, llegó a ser la base más importante del ritual entre las ceremonias de la nueva religión. Las parejas místicas(2) Osiris e Isis (el sol y la tierra) de los egipcios, Bel y la cruciforme Astarté de los babilonios; Odín o Thor y Freya, de los escandinavos; Belén y la Virgo Paritura de los celtas; Apolo y la Magna Mater de los griegos, las cuales tenían idéntica significación, pasaron como representación corporal a los cristianos y fueron transformadas por ellos en el Señor–Dios o el Espíritu Santo que desciende sobre la Virgen María”.

Durante los Misterios de Eleusis el vino representaba a BACO, y el pan o trigo, a Ceres. De modo que Ceres o Démeter era el principio productor y femenino de la tierra, la esposa del padre Eter o Zeus; y Baco, el hijo de Zeus–Júpiter, era su padre manifestado. En otras palabras, Ceres y Baco eran personificaciones de la sustancia y del espíritu de los dos principios vivificantes existentes en la naturaleza y en la tierra. Antes de hacer la revelación final de los Misterios, el Hierofante presentaba simbólicamente a los candidatos el vino y el pan, que él comía y bebía para testimoniar que el espíritu tenía que vivificar a la materia; es decir, que la Sabiduría Divina del Yo Superior debía penetrar al Yo interno o alma, tomar posesión de ella, revelarse a sí misma.

La Iglesia cristiana adoptó este rito. El Hierofante que entonces recibía el nombre de “Padre” se ha convertido hoy día –excepto en conocimiento– en el sacerdote “padre” que administra la misma comunión. Jesucristo se llama viña a sí mismo y califica de Viñador al “Padre”. Su parábola de la Última Cena demuestra que conocía perfectamente la significación simbólica del pan y del vino, así como su identificación con los logoi de los antiguos. “El que coma mi carne y beba mi sangre tendrá vida eterna…” Y añade: “las palabras (rhemata o palabras secretas) que os digo son Espíritu y Vida” y lo son porque “el Espíritu es el que vivifica”. Estas rhemata de Jesús son, en verdad, las palabras secretas de un iniciado”.

25 de diciembre y Pascua:

“El Deus Sol o Solus, o sea el Padre, llegó a confundirse con el Hijo: el “Padre” que brilla deslumbrador en la hora del mediodía, se transformaba al amanecer en “Hijo”, en cuyo momento se decía el que “había nacido”. Esta idea recibía su gran apoteosis anualmente el día 25 de diciembre, durante el solsticio de invierno, cuando, según se decía, el sol –acabado de nacer– era igual para los dioses solares de todas las naciones. Natalis solis invicte. Y el “precursor” del Sol resucitado, crece y se fortalece hasta el equinoccio de primavera, que es cuando el Dios–Sol comienza su curso anual bajo el reinado de Ram o del Carnero (Aries), la primera semana lunar del mes.

En toda la Grecia pagana se conmemoraba el día primero de marzo, cuyas neomenia se consagraban a Diana. Por idéntica razón, las naciones paganas celebran su fiesta de Pascua el primer domingo siguiente a la luna llena del equinoccio de primavera. El cristianismo, no sólo ha copiado las fiestas del paganismo, sino también las vestimentas canónicas, cosa que es imposible negar. Eusebio confiesa en su Vida de Constantino, diciendo quizás la única verdad proferida en su vida, que “con el fin de hacer que el cristianismo fuera más atrayente para los gentiles, los sacerdotes (del Cristo) adoptaron las vestimentas externas y los ornamentos utilizados en el culto pagano”, y podría haber añadido que habían hecho lo mismo con sus rituales y sus dogmas”.

Vestiduras y agua bendita:

“Y en cuanto a vosotros, reverendos padres, sacerdotes y obispos que dais a la Teosofía el nombre de “idolatría” y condenáis ferozmente a sus prosélitos al fuego eterno, ¿os podéis jactar acaso de poseer un solo simple rito, una sola vestimenta o un vaso sagrado perteneciente a la Iglesia o al Templo, que no proceda del paganismo? No; sería demasiado peligroso el tener la osadía de afirmarlo, no sólo ante la historia, sino también ante las confesiones de los funcionarios sacerdotales.

Recapitulemos, aunque no sea más que para justificar nuestras afirmaciones. Dice Du Choul que “Los sacrificadores romanos” tenían obligación de confesarse antes de sacrificar. Los sacerdotes de Júpiter se tocaban con un alto bonete negro de forma cuadrada que era el objeto con que se cubrían la cabeza los Flamines (véase el sombrero de los sacerdotes armenios y griegos modernos). La sotana negra de los sacerdotes católicos es la negra hierocaracia o amplia vestidura que usaban los sacerdotes de Mitra, la cual recibía este nombre por ser del color de los cuervos “corax”. El rey–sacerdote de Babilonia poseía un sello o anillo de oro que llevaba en el dedo. Llevaba pantuflas que besaban los potentados sometidos a su dominio, un manto blanco y una tiara de oro de la cual pendían dos cintas. Los Papas poseen pantuflas y un anillo que tiene el mismo uso, un manto de raso blanco en el que se ven bordadas unas estrellas de oro, una tiara con dos cintas cubiertas de piedras preciosas, etc.… La vestidura de tela blanca “alba vestis” es idéntica a la de los sacerdotes de Isis, los sacerdotes de Anubis se afeitaban la coronilla (Juvenal), de cuya costumbre se deriva la de la tonsura; la casulla de los “padres” cristianos es copia de la vestimenta con que se cubrían los sacerdotes del culto judío, vestidura denominada colarisis, que iba sujeta al cuello y descendía hasta los talones. La estola de nuestros sacerdotes ha sido tomada del vestido femenino que llevaban las Galli o bailarinas del templo, cuya función era la del Kadashim judío (véase el Libro II de los Reyes, cap. XXIII, 7); su cinturón de castidad procedía del ephod de los judíos y de los cordones de los sacerdotes de Isis, quienes hacían voto de castidad (si se quieren más detalles que confirmen lo expuesto léase a Ragón).

Los paganos antiguos utilizaban el agua bendita o lustral para purificar sus ciudades, campos, templos y hombres, exactamente como se practica ahora en las regiones católico–romanas. A la puerta de los templos había pilas bautismales llenas de agua lustral, que recibían los nombres de favisses y aquiminaria. El pontífice o curión (de aquí se deriva el nombre español de cura) sumergía en el agua lustral una rama de laurel antes de ofrecer el sacrificio y acto seguido rociaba con ella a la piadosa congregación; lo que entonces recibía el nombre de lustrica y aspergilium se llama hoy en día aspersorio o hisopo. El hisopo de las sacerdotisas de Mitra era el símbolo del lingam universal, que se sumergía durante las ceremonias en leche lustral, rociando con ella a los fieles, con lo cual trataba de representarse la fecundidad universal; por lo tanto, el empleo de agua bendita en el cristianismo es un rito de origen fálico. Además, la idea que preside este hecho es puramente oculta y pertenece al ceremonial mágico”.

La construcción de las iglesias y sus elementos:

“En muchas iglesias griegas y romanas se suele pintar la bóveda de los templos de color azul y con estrellas doradas para representar la bóveda celeste, costumbre que no es más que una copia de los templos egipcios, en donde se adoraba al sol y a las estrellas. En oriente se rinde el mismo homenaje que las arquitecturas masónica y cristiana rindieron al paganismo. Ragón demuestra plenamente este hecho en sus volúmenes, hoy en día desaparecidos. La “princeps porta”, la puerta del mundo y del “Rey de la Gloria”, cuyo nombre designaba antiguamente al sol y hoy en día se aplica al Cristo, su símbolo humano, es la puerta de oriente encarada hacia ese punto cardinal en todo templo o iglesia. Por esta “puerta de la vida”, a través de la cual entra diariamente la luz en el cuadrado oblongo(3) de la tierra o Tabernáculo del Sol, es introducido el recién nacido en el templo y llevado hasta la pila bautismal. Las pilas bautismales se colocan hoy en día a la izquierda del edificio (el sombrío norte de donde parten los “aprendices” y en donde sufren los candidatos la prueba del agua) que es, precisamente, el lugar en que se ponían antiguamente las piscinas de agua lustral, lo cual se explica sabiendo que las antiguas iglesias habían sido antes templos paganos. Los altares de la pagana Lutecia fueron enterrados y descubiertos bajo el coro de Nuestra Señora de París; el pozo en donde se conservaba el agua lustral existe todavía en esa iglesia. Casi todas las grandes iglesias antiguas del continente, anteriores a la edad media, habían sido antes, templos paganos sobre cuyos emplazamientos fueron construidas aquellas por orden de los obispos y de los Papas. Gregorio el Grande dio sus órdenes al monje Agustín de la manera siguiente: “Destruid los ídolos, pero nunca los templos, los cuales debéis rociar con agua bendita, colocando reliquias en ellos, para que los pueblos adoren en donde tienen por costumbre hacerlo”.

Adoración en los templos:

“Quizás los lectores fieles a las enseñanzas de la Iglesia se indignen si les decimos que los cristianos no adoptaron la moda pagana de adorar en los templos hasta el reinado de Diocleciano; pero ésta es la verdad, ya que hasta esa época experimentaron horror por los altares y los templos, a los que durante 250 años miraron como cosa abominable. Y es que los cristianos primitivos eran verdaderos cristianos. Los modernos son más paganos que ningún idólatra antiguo. Los primitivos se parecían a nuestros teósofos actuales; pero, a partir del siglo IV se convirtieron en heleno–Judaicos, en gentiles, en todo menos en neoplatónicos. Véase lo que decía a los romanos Minicio Félix en el siglo III:

“Vosotros os creéis que los cristianos os ocultamos lo que adoramos, porque no tenemos templos ni altar. Pero, ¿qué imagen de Dios podemos construir cuando hasta el mismo hombre no es más que una imagen suya? ¿Qué templos vamos a erigir a la divinidad, si el Universo, que es obra suya, no puede apenas contenerla? ¿Cómo colocaríamos en un solo edificio el poder del Omnipotente? ¿No es preferible, acaso, que consagremos un templo en nuestro corazón y en nuestro espíritu a la divinidad?”

Pero es que en esa época, los cristianos del tipo de Minucio Félix tenían presente en la memoria los mandamientos del Maestro iniciado, de que no hay que rezar en las sinagogas y en los templos como hacen los hipócritas, para “que los vean los hombres”; y recordaban la declaración de Pablo, el Apóstol–Iniciado, Pablo el “Maestro Constructor”, de que el hombre es el único templo de Dios en que mora el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios. Ellos guardaban los verdaderos preceptos cristianos, mientras que los cristianos modernos obedecen únicamente a los arbitrarlos cánones de sus respectivas iglesias y a las reglas que les dejaran sus Hermanos mayores.

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1.- De pro, “delante” y fanum, “el templo”; es decir, los que no están iniciados, los que se encuentran ante el templo sin atreverse a entrar.

2.- La Tierra y la Luna su pariente, son similares. Por eso todas las diosas lunares eran también símbolos representativos de la Tierra. (Véase “Simbolismo” de La Doctrina Secreta).

3.- Término masónico, símbolo del arca de Noé, de la Alianza del Templo de Salomón, del tabernáculo y del campamento de los israelitas; todos los cuales fueron construidos en forma de “cuadrado oblongo”. Los romanos y griegos representaban a Mercurio y a Apolo por cubos y cuadrados oblongos; lo mismo ocurre con la Kaaba, el gran templo de la Meca.


12 junio 2025

La Teosofía no es una religión

 

Recurso de Matt Cole, de la web https://pt.vecteezy.com


Extractos del artículo “¿Es la Teosofía una Religión?”, de H. P. Blavatsky, publicado originalmente en la revista Lucifer, Vol. III, de noviembre de 1888:

 "No es exageración el decir que nunca ha habido —durante el presente siglo [siglo XIX, cuando fue escrito el artículo], en todo caso— un movimiento, social o religioso, tan terrible y absurdamente mal comprendido, o sobre el que se haya dicho más disparates que la Teosofía —ya sea si se le contempla teóricamente como un código de ética, o prácticamente en su expresión objetiva, como la Sociedad conocida por ese nombre.

Año tras año y día tras día, nuestros dirigentes y miembros han tenido que interrumpir a personas hablando del movimiento teosófico con protestas más o menos enfáticas contra la teosofía, y refiriéndose a la misma como una “religión,” y a la Sociedad Teosófica como una especie de iglesia o cuerpo religioso. Aún peor, ¡con frecuencia se alude a la misma como una “nueva secta”! ¿Es un obstinado prejuicio, un error, o ambos?

Los más estrechos de mente e incluso las personas más notoriamente injustas necesitan de un pretexto plausible, de un gancho del cual colgar sus observaciones poco caritativas y sus calumnias dichas inocentemente. ¿Y qué pretexto es más sólido para ese propósito y más conveniente, que un “ismo” o una “secta”?

La gran mayoría de ellos estaría muy arrepentida al ser desengañada y finalmente forzada a aceptar el hecho de que la teosofía no es ninguna de las dos.

Aquel que cree en una religión o en una fe, contemplará la de otro como una mentira, y lo odiará por esa misma fe. Es más, a menos que encadene la razón y ciegue enteramente la percepción de cualquier factor externo, esta última no es fe en absoluto, sino una creencia temporal, un engaño bajo el cual trabajamos en un momento particular de nuestra vida.

Explicar esto es el propósito de la presente protesta. Acaso sea necesario, primero que todo, decir que la aseveración de que la “Teosofía no es una Religión,” no excluye en modo alguno el hecho de que la “Teosofía es Religión” en sí misma. Una Religión, es el sentido correcto y verdadero de la palabra, es un lazo que une a los hombres—no un grupo particular de dogmas y creencias. Ahora, la Religión, de por sí, en su más amplio significado, no es sólo aquello que une a todos los Hombres, sino a todos los Seres en el Universo entero, en un gran todo. Esta es nuestra definición teosófica de religión, pero la misma definición cambia nuevamente con cada credo y país, y ni siquiera dos cristianos la contemplan de igual modo. Hallamos esto en más de un autor destacado.

Pero para los teósofos (para los genuinos teósofos, me refiero), que no aceptan una mediación por poder, no hay salvación por medio de la sangre derramada, como tampoco piensan en “trabajar por salarios” en la Religión Universal Una, y la única definición a la que pueden suscribirse y aceptar por completo es la dada por Miller. Cuán verdadera y teosóficamente la describe, al indicar que:   

... la verdadera Religión es siempre amable, propicia y humilde, no juega al tirano, no planta una fe en la sangre, no porta destrucción en las ruedas de su carruaje; sino que se eleva para pulir, socorrer y desagraviar, y edifica su grandeza en el bien común.

Así, la Teosofía no es una religión, decimos, sino Religión en sí misma, el único lazo de unidad, tan universal y omniabarcante, que ningún hombre, así como ni la más pequeña partícula—desde los dioses y los mortales, hasta los animales, la brizna de hierba o un átomo—pueden quedarse fuera de su luz. Por lo tanto, cualquier organización o cuerpo con semejante nombre debe necesariamente ser una Fraternidad Universal.

Ya que la Teosofía puede ser practicada por cristianos o paganos, judíos o gentiles, agnósticos o materialistas, e incluso ateos, mientras ninguno de ellos sea un fanático que se niegue a reconocer como su hermano a cualquier hombre o mujer fuera de su propio credo o creencia particular.

El conde León Tolstoi no cree en la Biblia, la iglesia, o la divinidad de Cristo, y con todo, ningún cristiano le sobrepasa en la práctica de los principios que se alega fueron predicados en la Montaña. Y estos principios son los de la Teosofía, no porque fuesen pronunciados por el Cristo cristiano, sino porque son ética universal, y como tal fueron predicados por Buda y por Confucio, por Krishna y por todos los grandes Sabios, miles de años antes de que se escribiera el Sermón de la Montaña.

Sus doctrinas [de la Teosofía], si se estudian con seriedad, ayudan a estimular el poder de razonamiento y a despertar el lado interno en el hombre animal, y todos los poderes dormidos para bien nuestro, y también la percepción de lo que es cierto y real, contrario a lo que es falso e irreal.

Arrancando con mano certera el denso velo de la letra muerta de la cual cada escritura religiosa está revestida, la Teosofía científica, aprendida en el velado simbolismo de las edades, revela al que se mofa la sabiduría antigua, el origen de las ciencias y las creencias del mundo. Abre una nueva visión más allá del horizonte de las creencias cristalizadas, despóticas e inamovibles, y convierte la creencia ciega en un conocimiento razonado fundado en leyes matemáticas—la única ciencia exacta—que le demuestra en aspectos más profundos y filosóficos la existencia de eso que repelido por lo burdo de las formas de la letra muerta, abandonó hace tiempo como un cuento de niños. Da un objetivo claro y definido, un ideal por el cual vivir, a cada hombre o mujer sinceros que pertenezcan a cualquiera de los segmentos de la sociedad, y a cualquier cultura o grado de intelecto. La Teosofía práctica no es una ciencia, pero abraza cada una de las ciencias en la vida, moral y físicamente. Puede, en resumen, contemplarse justamente como un maestro o tutor de experiencias y conocimientos de alcance mundial, y con una erudición que no solo asiste o guía a sus discípulos hacia un exitoso examen para cada servicio moral o científico en su vida terrenal, sino que lo prepara para las que vivirá después, si esos discípulos tan solo estudian el universo y sus misterios dentro de sí mismos, en vez de estudiarlos a través de las gafas de la ciencia y las religiones ortodoxas.

 Y que ningún lector malinterprete estas declaraciones. Es solo la Teosofía per se a cuyo nombre se clama esa omnisciencia universal, y no hacia un miembro individual cualquiera de la Sociedad, o incluso un teósofo. Ambos —la Teosofía y la Sociedad Teosófica—, una como vehículo y otra como aquello que la contiene, no deben confundirse. Una es, como ideal, la Sabiduría divina, perfección en sí misma; la otra, algo pobre e imperfecto, tratando de vivir dentro de ella, su sombra en la tierra.

Hemos dicho que creíamos en la absoluta unidad de la naturaleza. Unidad implica la posibilidad de que una unidad que se encuentra en un plano entre en contacto con otra unidad que está en, o se comunica desde, otro plano. Creemos en ello.

La recién publicada La Doctrina Secreta mostrará lo que eran las ideas existentes desde la antigüedad, respecto de los primeros instructores del hombre primordial y sus tres primeras razas tempranas. El génesis de Sabiduría-Religión, en lo cual todos los teósofos creen, data de ese período. El llamado “ocultismo” o más bien las “ciencias esotéricas, tiene su origen en esos Seres que, llevados por el karma, han encarnado en nuestra humanidad haciendo resonar así la nota clave de esa ciencia secreta que incontables generaciones de subsecuentes adeptos han expandido desde entonces en todas las edades, mientras revisaban sus doctrinas por medio de la observación personal y la experiencia. El grueso de este conocimiento —que ningún hombre puede poseer por completo— constituye lo que nosotros llamamos Teosofía o “conocimiento divino”. Seres de otros mundos más elevados pueden tenerlo por completo, pero nosotros solamente podemos tenerlo en forma aproximada.

Así, la unidad de todo en el universo implica y justifica nuestra creencia en la existencia de un conocimiento que es a la vez científico, filosófico y religioso, mostrando la necesidad y la actualidad de la conexión del hombre con todas las cosas en el universo y con cada uno, cuyo conocimiento, por lo tanto, se torna esencialmente Religión, y debe llamársele íntegra y universalmente por el nombre distintivo de “Sabiduría-Religión.” 

Es de esta Sabiduría-Religión que todas las diversas “religiones” individuales (erróneamente llamadas de este modo) han nacido, formando a su vez sus ramas y divisiones, y también todos los credos menores, basados y siempre originados en alguna experiencia personal en psicología. Cada una de estas religiones, o de sus ramas, ya sea considerada ortodoxa o hereje, sabia o tonta, comenzó originalmente como una clara y no adulterada rama de la Fuente Madre. El hecho de que cada una en su momento se contaminara con especulaciones puramente humanas e incluso con inventos por motivos de interés, no impide que ninguna de ellas fuese pura en sus comienzos. Existen credos —no debemos llamarlos religiones— actualmente cubiertos por el elemento humano fuera de todo reconocimiento, otros que muestran señales de un temprano deterioro; ninguno escapó la mano del tiempo. Pero cada uno de ellos y todos en sí son divinos, porque su verdadero y natural origen lo es —el mazdeísmo, el brahmanismo, o el budismo, tanto como el cristianismo. Son los dogmas y el elemento humano en el último, el que llevó directamente al moderno espiritualismo o espiritismo.

La Teosofía —debiéndose, en verdad, al levantamiento en armas de los espiritualistas de Europa y América ante las primeras palabras proferidas contra la idea de que toda inteligencia que se comunica es necesariamente el espíritu de algún ex-mortal de esta tierra—no ha dicho la última palabra sobre el espiritualismo y los “espíritus”. Puede que lo haga un día. Entretanto, una humilde servidora de la teosofía, la Editora, declara una vez más su creencia en estos Seres, más grandes, más sabios, más nobles que cualquier otro Dios personal, que están más allá del “espíritu de los muertos”, santos, o ángeles alados, Los cuales no obstante lo anterior, sí condescienden en

toda época a ocasionalmente proteger a contados sensitivos excepcionales frecuentemente completamente desconectados con la Iglesia, el Espiritismo o incluso la Teosofía. Y creyendo en esos santos y elevados Seres Espirituales, ella también debe creer en la existencia de sus opuestos—los “espíritus” inferiores, buenos, malos, e indiferentes. Por lo tanto, ella cree en el espiritualismo y en sus fenómenos, algunos de los cuales les son tan repugnantes.

Esta es una nota casual con una divagación, solo para mostrar que la Teosofía incluye el espiritualismo—como debe ser, no como es—entre sus ciencias, basadas en el conocimiento y la experiencia de incontables edades. No hay una religión digna de su nombre que haya comenzado de otro modo que no sea como consecuencia de la visita de Seres de otros planos más elevados.

Así nacieron todas en la prehistoria, así como en todas las religiones históricas, el Mazdeísmo y el Brahmanismo, el budismo y el cristianismo, el gnosticismo y el mahometanismo; en resumen, cada “ismo” más o menos exitoso. Todo es verdad en el fondo, y todo es falso en su superficie. El Revelador, el artista que imprimió una parte de la Verdad en el cerebro del Vidente, en cada caso fue un verdadero artista que dio a conocer genuinas verdades, pero el instrumento en cada caso probó ser solamente un hombre.

Invite a Rubinstein a que toque una sonata de Beethoven en un piano no afinado, con la mitad de las teclas en parálisis crónica, mientras otras cuerdas cuelgan sueltas, y entonces verán que, no obstante, el genio del artista, serán incapaces de reconocer la sonata. La moraleja de la fábula es que un hombre –aunque sea el más grande de los médiums o de los videntes naturales– será siempre solo un hombre; y el hombre abandonado a sus propios recursos y especulaciones debe estar desafinado con respecto a la verdad absoluta, no obstante que recoja incluso algunas de sus migajas. Dado que el Hombre es sólo un Ángel caído, un dios por adentro, pero que tiene un cerebro animal en su cabeza, más sujeto a los resfriados y a los vapores del vino mientras está en compañía de otros hombres en la tierra, que a la recepción sin falla de las revelaciones divinas.

De aquí también las mil y una llamadas “filosofías” (algunas contradictorias, incluyendo las teorías teosóficas); y las variadas “ciencias” y los esquemas, espiritual, mental, cristiano y secular; el sectarismo y el fanatismo, y especialmente la vanidad personal y el fatuo engreimiento de casi todos los “innovadores” desde los tiempos medievales. Estos han oscurecido y escondido la esencia misma de la VERDAD—la raíz común de todo. ¿Imaginarán acaso nuestros críticos que nosotros excluiremos las enseñanzas teosóficas de esta nomenclatura? En absoluto. Y aunque las doctrinas esotéricas por las que nuestra Sociedad ha sido y es expugnada, no son impresiones mentales o espirituales de “un algo desconocido de allá arriba”, sino fruto de las enseñanzas dadas a nosotros por personas que viven aún—excepto las que fueron dictadas y escritas por los mismos Maestros de Sabiduría— estas doctrinas pueden en muchos casos ser incompletas y tener fallos, como cualquiera de nuestros enemigos lo desearía.

La Doctrina Secreta —una obra que da a conocer cuando puede darse a conocer en este siglo, es un intento de sentar parcialmente la base común y la herencia de todos los esquemas religiosos y filosóficos, ya sean grandes o pequeños.

Era indispensable romper con toda la masa de falsas concepciones concretas y de prejuicios que actualmente ocultan el tronco y parentesco de (a) todas las religiones del mundo; (b) las sectas más pequeñas; y (c) la Teosofía como se explica actualmente —no importa cuán velada esté la gran Verdad por nosotros y por nuestro limitado conocimiento. La capa de errores es densa, no importa que mano la haya puesto; y porque nosotros personalmente hemos tratado de eliminar algunos de ellos, el esfuerzo se ha convertido en un constante reproche contra todos los escritores teosóficos e incluso contra la Sociedad. Pocos entre nuestros amigos y lectores han fallado en caracterizar nuestro intento de exponer el error en The Theosophist y Lucifer como “poco caritativos ataques a la cristiandad”, “asaltos no teosóficos”, etc. Sin embargo, éstos son necesarios, por no decir indispensables, si deseamos sacar a relucir verdades al menos aproximadas. Tenemos que exponer las cosas al desnudo, y estar listos para sufrir a causa de ello —como es usual. Es vano prometer verdades y terminar dejándolas mezcladas con el error por mero descorazonamiento. Que el resultado de esa medida sólo podrá enfangar la corriente de los hechos se ve plenamente. Después de doce años de incesante labor y batalla contra enemigos en las cuatro esquinas del globo terráqueo, sin contar nuestras revistas teosóficas mensuales—The Theosophist, The Path, Lucifer, y Le Lotus, en francés—con nuestras débiles protestas en ellos, nuestras tímidas declaraciones, nuestra “política maestra de inactividad”, y jugando a los escondidos a la sombra de la triste metafísica, ello sólo ha conducido a que la Teosofía esté seriamente contemplada como una SECTA religiosa. Un centenar de veces nos han dicho —“¿Qué bien está haciendo la Teosofía?”, y en cambio, ¡vean cuánto bien están haciendo las Iglesias!”.

 Sin embargo, es un hecho seguro que la humanidad no es un ápice mejor en lo moral, y en algunos respectos es diez veces peor ahora, que lo que lo fuera jamás en los días del Paganismo. Además, durante el último medio siglo, desde ese período en que el Librepensamiento y la ciencia le ganaron a las Iglesias, el cristianismo pierde anualmente más adherentes entre las clases cultivadas que los prosélitos que gana en los estratos inferiores, la escoria del Paganismo. Por otro lado, la Teosofía ha traído de vuelta desde el materialismo y vacía desesperación, a la creencia (basada en la lógica y la evidencia) en el Ser o Sí divino en el hombre, y la inmortalidad de este último, a más de uno de aquellos que la Iglesia había perdido por el dogma, la exacción de la fe y la tiranía. Y si se probara que la Teosofía sólo ha salvado a un hombre entre los miles de aquellos que ha perdido la Iglesia ¿no sería la primera un factor más elevado para el bien que todos los misioneros juntos?

La Teosofía, como han declarado repetidamente por escrito y a viva voz sus miembros y funcionarios, procede en una línea diametralmente opuesta a la seguida por la Iglesia, y la Teosofía rechaza los métodos de la ciencia, ya que sus métodos inductivos sólo pueden llevar a un materialismo craso. Sin embargo, de hecho, la Teosofía clama ser ambas, “Religión” y “Ciencia” porque la Teosofía es la esencia de ambas.

Las enseñanzas de ambas son incompatibles y no podrán ponerse de acuerdo mientras ambas, la filosofía religiosa, y la Ciencia de lo físico y lo externo (en filosofía, lo falso) de la naturaleza, insistan en la infalibilidad de sus respectivos fuegos fatuos o quimeras. Las dos luces, teniendo rayos de igual intensidad y extensión en materia de deducciones falsas, no pueden sino extinguirse una a la otra, y producir una oscuridad aún peor.

No obstante, ambas pueden reconciliarse a condición de que las dos limpien sus casas, una, de la escoria humana acumulada por los siglos y la otra, de la horrible excrecencia del materialismo y ateísmo modernos. Y como ambas se niegan, lo más meritorio y mejor que puede hacerse es precisamente lo que solo la Teosofía puede hacer y hará, esto es, señalarle a los inocentes atrapados en las redes de los dos enmarañados caminos —verdaderamente, dos dragones de antaño, uno devorando los intelectos; el otro, las almas de los hombres— que su supuesto cisma no es sino un engaño óptico que, lejos de ser tal, no es sino una inmensa montaña de basura erigida respectivamente por los dos enemigos, como una fortificación contra sus mutuos ataques.

Por ello, si la Teosofía no hace más que señalar y seriamente llamar la atención del mundo respecto al hecho de que el supuesto desacuerdo entre la religión y la ciencia está condicionado, por un lado, por los materialistas inteligentes que con razón le dan patadas a los dogmas absurdos, y por el otro lado por los ciegos fanáticos y clérigos interesados quienes, en vez de defender a las almas de la humanidad, pelean simplemente con todo su empeño por su propio sustento diario y autoridad –aún entonces, la Teosofía demostrará que es la salvadora de la humanidad".


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La traducción del texto del artículo original en inglés se basa, con algunas alteraciones, en la publicada en el libro “COLLECTED WRITING, OBRAS COMPLETAS de Helena Petrovna Blavatsky, TOMO X” editado por el Grupo de Estudios teosóficos de Valencia, y en la de The Theosophical Society, que encontramos en https://www.theosophical.org/files/espanol/articulos/Religion.pdf.