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01 septiembre 2026

La gran paradoja

(Este artículo apareció originalmente en la revista Lucifer, vol. I, n° 2, de octubre de 1887, págs. 120-122. Está firmado con el pseudónimo de “Fausto”, pero se le atribuye a H. P. Blavatsky.

Traducción por J.R.S., Fundación Blavatsky (México), con modificaciones y correcciones.).

 

Según parece, la paradoja es el lenguaje natural del ocultismo. Más aún, parecería que ésta penetra profundamente en el corazón de las cosas, y por ello es inseparable de cualquier intento para poner en palabras la verdad, la realidad que subyace por debajo del drama exterior de la vida.

Y la paradoja no sólo se encuentra en las palabras sino en la acción, en la misma conducción de la vida. Las paradojas del ocultismo deben vivirse, no sólo proferirse. Aquí se encuentra un gran peligro, ya que es demasiado fácil llegar a perderse en la contemplación intelectual del sendero, y así olvidar que el camino sólo puede conocerse caminándolo.

El estudiante encuentra desde el comienzo mismo una paradoja sobrecogedora, que lo confronta con formas cada vez más nuevas y extrañas a cada vuelta del camino. Uno como él ha buscado quizás el sendero deseando encontrar una guía, una pauta de lo que es apropiado para la conducción de su vida. Él aprende que el alfa y el omega, el comienzo y el fin de la vida es el altruismo; y siente la verdad del adagio que solamente en la profunda inconsciencia del olvido de sí puede revelarse la verdad y la realidad del ser a su anhelante corazón.

El estudiante aprende que ésta es la ley del ocultismo y al mismo tiempo la ciencia y el arte de vivir, la guía hacia la meta que él desea alcanzar. Encendido de entusiasmo entra valientemente en la senda de la montaña. Luego encuentra que su maestro no alienta sus ardientes arranques de sentimiento; su anhelo de olvido total por lo Infinito –sobre el plano exterior de su vida y conciencia actuales. Al menos, si ellos de hecho no desalientan su entusiasmo, le trazan, como primera tarea indispensable, el conquistar y controlar su cuerpo. El estudiante encuentra que lejos de incitarlo a vivir en los pensamientos encumbrados de su cerebro, e imaginarse el haber alcanzado ese éter en donde existe la verdadera libertad –olvidándose de su cuerpo, de sus acciones y de su personalidad exterior- se le pone una tarea mucho más cercana a la tierra. Toda su atención y vigilancia son requeridas en el plano exterior; nunca debe olvidarse de sí mismo, nunca perder la atención sobre su cuerpo, su mente, su cerebro. Debe incluso aprender a controlar la expresión de cada rasgo, verificar y refrenar la acción de cada músculo, ser maestro del más mínimo movimiento involuntario. Se le señala como el objeto de su estudio y observación, la vida diaria alrededor y dentro de él. En vez de olvidar lo que usualmente se llaman las pequeñas nimiedades, los pequeños descuidos de lengua o de memoria, se le fuerza a hacerse cada día más consciente de esas equivocaciones, hasta que finalmente éstas parecen envenenar el mismo aire que respira y afixiarlo, creyendo incluso haber perdido de vista y comunicación con el gran mundo de libertad hacia el cual ha estado luchando, hasta que cada hora de cada día parece estar llena del sabor amargo de sí mismo y, su corazón se enferma cada vez más por el dolor y la lucha de la desesperación. Y la obscuridad se hace aún más profunda por la voz, que al interior de él mismo clama sin cesar diciendo: “olvídate de ti mismo”. ¡Cuidado! no sea que te hagas egocéntrico y la gigantesca hierba mala del egoísmo espiritual se enraíce firmemente en tu corazón; ¡cuidado, cuidado, cuidado!

La voz conmueve su corazón hasta lo más profundo, ya que siente que las palabras son ciertas, su batalla diaria y a cada minuto le está enseñando que el egocentrismo es la raíz de la miseria, la causa del dolor, y su alma está llena del anhelo de ser libre.

Es así como el discípulo se desgarra por la duda. El confía en sus instructores, ya que sabe que a través de ellos habla la misma voz que escucha en el silencio de su propio corazón. Pero ahora profieren palabras contradictorias; una, la voz interior, le pide olvidarse completamente de sí mismo en servicio de la humanidad; la otra, la palabra hablada de aquellos de los que busca la guía en su servicio, le piden primero conquistar su cuerpo, su ser exterior. Y a cada hora él se da cuenta mejor que nadie qué tan mal se conoce a sí mismo en esa batalla con la Hydra, y ve crecer de nuevo siete cabezas en el lugar que había cercenado a cada una.

Primero oscila entre las dos, obedeciendo ahora a una, y luego a la otra. Pero pronto aprende que esto es inútil. Porque el sentido de libertad y ligereza, que en un principio llega cuando deja su ser exterior sin vigilar, en busca del aire interior, pronto pierde su agudeza y un repentino sobresalto le revela que se ha resbalado y caído en el sendero ascendente. Entonces, en su desesperación se arroja sobre la traicionera serpiente de yo, y trata de matarla estrangulándola; pero su constante movimiento en espirales elude su alcance, la insidiosa tentación de sus resplandecientes escamas ciega su visión y de nuevo se vuelve a enredar en la agitación de la batalla, la cual le gana día con día, y parece finalmente llenar el mundo entero, borrando todo lo demás fuera de su conciencia. Se encuentra cara a cara con una paradoja abrumadora, cuya solución debe vivirse antes de que pueda realmente comprenderse.

En sus horas de meditación silenciosa, el estudiante encontrará que existe un espacio de silencio dentro de él en donde puede encontrar refugio de sus pensamientos y deseos, de la agitación de los sentidos y de los engaños de la mente. Hundiendo su conciencia profundamente en su corazón puede alcanzar ese lugar al principio solamente cuando se encuentra a solas, en el silencio y obscuridad. Pero cuando la necesidad de silencio ha crecido suficientemente, volverá a buscarlo, incluso en medio de la lucha consigo mismo, y lo encontrará. Sólo que no debe dejar libre a su ser o sí exterior, o a su cuerpo, debe aprender a retirarse a su ciudadela cuando se haga más fiera la batalla, pero hacerlo sin perder de vista la batalla; sin dejarse engañar a sí mismo creyendo que por hacer esto haya logrado la victoria. La victoria se gana solamente cuando todo está en silencio tanto afuera como adentro de la ciudadela interior. Peleando de esta manera, desde adentro de ese silencio, el estudiante encontrará que habrá resuelto la primera gran paradoja.

Sin embargo, la paradoja aún lo persigue. Cuando de esta manera logra primero tener éxito en retirarse dentro de sí mismo, únicamente busca allí refugio de la tempestad que azota su corazón. Y cuando lucha para controlar los arrebatos de la pasión y del deseo, se da cuenta de manera más plena de lo enorme de los poderes que se ha jurado a sí mismo conquistar. Aún se siente separado del silencio, más cerca y afín con las fuerzas de la tormenta. ¿Cómo podrá con sus mezquinas fuerzas hacerles frente a esos tiranos de la naturaleza animal?

Esta pregunta es difícil de contestar en palabras directas, si es que en verdad puede darse una semejante respuesta. Pero la analogía podría indicarnos el camino en donde encontrar la solución.

Al respirar tomamos cierta cantidad de aire en nuestros pulmones y con esto podemos imitar en miniatura al poderoso viento de los cielos. Podemos producir una débil semejanza de la naturaleza: una tempestad en un vaso de agua, un vendaval que puede arrastrar e incluso hacer zozobrar a un barco de papel. Y podemos decir. “Yo hago esto; es mi aliento”. Pero no podemos soplar en contra de un huracán, y mucho menos contener un ventarrón en nuestros pulmones. Si embargo, los poderes de los cielos están dentro de nosotros; la naturaleza de las inteligencias que guían la fuerza del mudo está unida a la nuestra, y si sólo pudiésemos darnos cuenta de esto, olvidándonos de nuestros síes o seres exteriores, los vientos mismos serían nuestros instrumentos.

De igual manera es en la vida. Mientras que el hombre se apegue a su ser exterior, sí, incluso a cualquiera de las formas que asume cuando es desechado este “envoltura mortal”, seguirá tratando de disolver un huracán con el aliento de sus pulmones. Tal empresa es inútil y vana; ya que tarde o temprano los grandes vientos de la vida deberán barrer con él. Pero si cambia su actitud en sí mismo, si actúa con la fe de que su cuerpo, sus deseos, sus pasiones, su cerebro, no son él mismo, aunque él esté a cargo de ellos y sea responsable de ellos; si intenta tratarlos como partes de la naturaleza, entonces podrá esperar llegar a ser uno con las grandes mareas del ser y alcanzar, por fin, el apacible lugar sin peligro del olvido de sí mismo.

 

23 abril 2021

¿Qué es la verdad?

 ¿Quién ama a la verdad, en esta edad, por la verdad misma?

¿Cuántos, entre nosotros, están preparados a buscarla, aceptarla y ponerla en práctica, en una sociedad en que cualquier cosa que tenga éxito debe construirse en las apariencias y no en la realidad, en el egocentrismo y no en el valor intrínseco?


“¿Qué es la Verdad?”, por H.P. Blavatsky.

(extractos del artículo que se publicó en la revista “Lucifer”, en febrero de 1888)

“Qué es la Verdad?”, preguntó Pilatos a uno que debía conocerla, si las pretensiones de la iglesia cristiana son, aún aproximadamente, correctas. Sin embargo, él permaneció en silencio. Así, la verdad que no divulgó, se quedó sin revelarse tanto para sus seguidores como para el gobernador romano. El silencio de Jesús en esta y en otras ocasiones, no impide a sus actuales acólitos actuar como si hubiesen recibido la Verdad última y absoluta y de ignorar el hecho de que se les proporcionó solo ciertas Palabras de Sabiduría que contenían una porción de la verdad, la cual se ocultaba en parábolas y dichos hermosos aunque obscuros.

Esta actitud condujo, gradualmente, al dogmatismo y a la afirmación. Dogmatismo en las iglesias, en la ciencia y por todos lados. Las verdades posibles, vagamente percibidas en el mundo de la abstracción, análogamente a aquellas inferidas mediante la observación y el experimento en el mundo de la materia, se imponen, bajo la forma de revelación Divina y autoridad Científica, a las muchedumbres profanas, excesivamente atareadas para pensar con su propia cabeza. Sin embargo, la misma pregunta quedó en suspenso desde los días de Sócrates y Pilatos, hasta nuestra edad de negación completa. ¿Existe algo de verdad absoluta en las manos de algún grupo o de algún ser humano? La razón responde: “que no puede ser posible.” En un mundo tan finito y condicionado como es el del ser humano, no hay espacio para la verdad absoluta tocante a algún tema. Sin embargo, existen verdades relativas y debemos libar de ellas lo mejor que podamos.

En cada edad han habido Sabios que han dominado el absoluto; pero sólo podían enseñar verdades relativas; ya que, aún, ninguna prole de mujer mortal, en nuestra raza, ha divulgado, ni pudo haber divulgado, la verdad completa y final a otro ser humano, en cuanto todo individuo debe encontrar este conocimiento final en sí mismo. Como no hay dos mentes absolutamente idénticas, cada una debe recibir la iluminación suprema mediante sus esfuerzos, en consonancia con sus capacidades y no por conducto de una luz humana. La cantidad de Verdad Universal que el sumo adepto viviente puede revelar, depende de la capacidad asimilativa de la mente a la que está imprimiendo, la cual no puede ir más allá de su habilidad receptiva. Tantos hombres, tantas afirmaciones, es una verdad inmortal. El sol es uno; sin embargo, sus rayos son incontables y los efectos producidos son benéficos o maléficos según la naturaleza y la constitución de los objetos sobre los cuales brilla. La polaridad es universal, pero el polarizador yace en nuestra conciencia. Nosotros, los seres humanos, asimilamos la verdad suprema de manera más o menos absoluta, en proporción al ascenso de nuestra conciencia hacia ella. Todavía, la conciencia humana es simplemente el girasol de la tierra. La planta, añorando los rayos cálidos, sólo puede dirigirse hacia el sol y circunvalar a su alrededor siguiendo la trayectoria de la estrella inasequible: sus raíces la mantienen anclada al suelo y mitad de su vida transcurre en la sombra […]

Sin embargo, cada uno de nosotros puede alcanzar, relativamente, el Sol de la Verdad aún en esta tierra y asimilar sus rayos más cálidos y directos a pesar del estado diferenciado en que puedan tornarse después de su largo viaje a través de las partículas físicas del espacio. A fin de alcanzar esto, existen dos métodos.

En el plano físico podemos usar nuestro polariscopio mental y, analizando las propiedades de cada rayo, escoger el más prístino. Para arribar al Sol de la Verdad, en el plano de la espiritualidad, debemos trabajar con ahínco para el desarrollo de nuestra naturaleza superior. Sabemos que, al paralizar, gradualmente, dentro de nosotros, los apetitos de la personalidad inferior, sofocando, entonces, la voz de la mente puramente fisiológica, la cual depende y es inseparable de su medio o vehículo: el cerebro orgánico; el ser animal en nosotros puede hacer espacio a lo espiritual y, una vez levantado de su estado latente, los sentidos y las percepciones espirituales más elevadas crecen y se desarrollan en nosotros, proporcionalmente al “ser divino”. Esto es lo que los grandes adeptos, los yoguis orientales y los místicos occidentales han hecho siempre y aún hacen.

Además, sabemos que, salvo pocas excepciones, ningún ser del mundo, ni ningún materialista, creerá jamás en la existencia de tales adeptos o aún en la posibilidad de este desarrollo espiritual o psíquico. “El incauto del pasado, en su corazón pronunció que no existe ningún Dios”, el individuo moderno dice: “No hay adeptos en la tierra, son simplemente el producto de vuestra imaginación desquiciada”.

(…)

Visto que el ser físico, cuyas ilusiones lo limitan y obstaculizan por todos lados, no puede alcanzar la verdad mediante la luz de sus percepciones terrenales, os decimos que desarrolléis vuestro conocimiento interno. Desde el período en el cual el oráculo délfico dijo al investigador: “Hombre, conócete a ti mismo”, no se ha enseñado una verdad más grande o más importante. Sin tal percepción, el ser humano permanecerá, para siempre, ciego a muchas verdades relativas por no mencionar la absoluta. El hombre debe conocerse a sí mismo: adquirir las percepciones interiores que nunca engañan, antes de que domine alguna verdad absoluta. La verdad absoluta es el símbolo de la Eternidad y ninguna mente finita podrá jamás asir lo eterno. Por lo tanto, ninguna verdad podrá descender a ella en su totalidad. Para alcanzar el estado durante el cual el ser humano la ve y la percibe, debemos paralizar los sentidos del hombre externo de arcilla. Se nos dirá que ésta es una tarea complicada y, en tal coyuntura, la mayoría de las personas preferirá, indudablemente, satisfacerse con verdades relativas. Sin embargo, aún el acercarse a las verdades terrenales exige, en primer lugar, amor hacia la verdad por la verdad misma, de otra manera no se le podrá reconocer. ¿Quién ama a la verdad, en esta edad, por la verdad misma? ¿Cuántos, entre nosotros, están preparados a buscarla, aceptarla y ponerla en práctica, en una sociedad en que cualquier cosa que tenga éxito debe construirse en las apariencias y no en la realidad, en el egocentrismo y no en el valor intrínseco? Estamos completamente conscientes de las dificultades que se interponen en el camino para recibir la verdad. La doncella de belleza celestial desciende sólo al terreno que le conviene, el suelo de una mente imparcial, sin prejuicios e iluminada por la pura Conciencia Espiritual y ambos son raros habitantes en las tierras civilizadas. En nuestro siglo de vapor y de electricidad, en el que el ser humano vive a una velocidad febril, dejándole muy poco tiempo para la reflexión, por lo general se deja ir a la deriva, de la cuna a la tumba, clavado a la cama de Procuste de las usanzas y convencionalidades. Ahora bien, el convencionalismo puro y simple es una mentira congénita, ya que, en cada caso, es una “simulación de los sentimientos según un patrón recibido” (definición de F.W. Robertson) y donde hay alguna simulación, no puede haber ninguna verdad. Aquellos obligados a vivir en la atmósfera sofocante del convencionalismo social y que, aún cuando deseen y añoren aprender, no osan aceptar las verdades que anhelan por temor al Moloch feroz llamado sociedad, saben muy bien cuán honda es la observación de Byron según el cual: “la verdad es una joya que se encuentra en una gran profundidad, mientras, en la superficie de este mundo, se sopesan todas las cosas mediante las falsas escalas de la costumbre”.

(..)

¿Acaso no prefiere, la gigantesca y pasmosa mayoría, el “paraíso de los perezosos”, el país de la felicidad del egoísmo cruel?

(…)

El Egoísmo es el primogénito de la Ignorancia y el fruto de la enseñanza según la cual, por cada recién nacido se “crea” una nueva alma, separada y distinta del Alma Universal. Este Egoísmo es la pared inexpugnable entre el Ser personal y la Verdad. Es la madre prolífica de todos los vicios humanos, la mentira nace de la necesidad de disimular, mientras la hipocresía procede del deseo de encubrir la mentira. Es el hongo que crece y se refuerza con la edad en cada corazón humano en el cual ha devorado todos los mejores sentimientos. El egoísmo mata todo impulso noble en nuestras naturalezas y es la deidad que no teme, por parte de sus acólitos, falta de fe o deserción. Por lo tanto, vemos que reina supremo en el mundo y en la llamada sociedad a la moda. Consecuentemente, vivimos, nos movemos y existimos en esta deidad de la oscuridad bajo su aspecto trinitario de Engaño, Hipocresía y Falsedad, llamado Respetabilidad.

¿Es esto Verdad y Hecho o es calumnia? Podéis dirigiros hacia cualquier dirección y discerniréis que, desde la cúspide de la escalera social hasta el fondo, el engaño y la hipocresía operan para el bien del querido Ser en toda nación e individuo.

(…)

Sin embargo, la política no es el sólo ambiente en el que, la costumbre y el egoísmo han avenido a llamar virtud al engaño y a la patraña, recompensando a aquel que sabe mentir mejor en público. Todo tipo de sociedad vive en la Mendacidad y se disgregaría sin ella. La aristocracia culta y temerosa de Dios, estando prendada del fruto prohibido como cualquier plebeyo, se ve obligada a mentir constantemente a fin de encubrir lo que le gusta llamar sus “pecadillos”, al paso que la Verdad los considera inmoralidad burda. La sociedad de la clase media rebosa de falsas sonrisas, palabras mentirosas y engaños mutuos. Para la mayoría, la religión se ha convertido en un sutil velo arrojado sobre el cadáver de la fe espiritual. El maestro va a la iglesia para engañar a sus servidores; el cura hambriento, predicando lo que ya ha cesado de creer, embauca a su arzobispo, el cual, a su vez, burla a su Dios.

(…)

Entonces, ¿dónde podemos encontrar, siquiera, la verdad relativa? Si ya en el lejano siglo de Demócrito le apareció bajo la forma de una diosa que yacía en el fondo de un pozo tan profundo que daba poca esperanza para su liberación; en las circunstancias actuales tenemos cierto derecho a creer que se esconda, al menos, en el lado siempre invisible y oscuro de la luna. Quizá ésta sea la razón por la cual, a todos los defensores de las verdades ocultas se les tilda de lunáticos.

(…)

Al resumir la idea concerniente a la verdad absoluta y relativa, cabe repetir sólo lo que ya hemos dicho. Fuera de un cierto estado mental altamente espiritual y elevado, durante el cual el Hombre es uno con la Mente Universal, en la tierra él no puede educir, de cualquier filosofía o religión, nada que no sea la verdad o verdades relativas. Aun cuando la diosa que se alberga en el fondo del pozo, saliera de su lugar de cautiverio, no podría transmitir al ser humano más de lo que él puede asimilar. Entretanto, todos nosotros podemos sentarnos en las inmediaciones del pozo, cuyo nombre es Conocimiento y, atisbando en las profundidades, esperar ver, al menos, el reflejo de la hermosa imagen de la Verdad en las aguas oscuras. Sin embargo, según la observación de Richter, esto presenta un cierto peligro. Por supuesto, de vez en cuando, alguna verdad puede reflejarse, como en un espejo, en el sitio donde estamos observando, recompensando, entonces, al paciente estudiante. Pero el pensador alemán agrega: “He oído que algunos filósofos en pos de la Verdad, a fin de tributarle un homenaje, han visto su propia imagen en el agua, acabando por adorar a ésta en lugar de la verdad”. […]



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